Escondido detrás del arco apuntado de la tercera capilla meridional de la iglesia gótica de Sant Francesc, el retablo de la Virgen y San Jorge es una pequeña maravilla de la pintura catalana de finales del siglo XIV. La obra, tradicionalmente atribuida al maestro gerundense Lluís Borrassà, resume el paso del gótico lineal al gótico internacional, con figuras elegantes, rostros expresivos y un equilibrio cromático que aún hoy sorprende a los visitantes.
El conjunto, en mesa policromada, se estructura en un cuerpo principal con dos callejones y en la terraza inferior se representan varias escenas de la vida de la Virgen junto con el episodio del dragón derrotado por San Jorge, patrón de la caballería; una precuela con figuras de profetas y una coronación donde aparece Cristo Juez flanqueado por músicos angelicales. Los fondos dorados aplicados con la técnica del pan dorado y los guisos de ponche aún conservan, a pesar de las oxidaciones, un brillo poderoso bajo la tenue luz de la sien.
Históricamente, el retablo fue un encargo de los antiguos jurados de Vilafranca para embellecer la capilla funeraria de uno de los nobles enterrados en el convento. Los registros de archivo apuntan al año 1401 como fecha probable de entrega. Durante la expropiación, el conjunto sufrió el desconchado de piedras y la pérdida de piezas escultóricas, pero las mesas principales permanecieron en su lugar. Una restauración en la década de 1980 estabilizó los soportes y la policromía, y en una intervención puntual en 2007 se aplicaron criterios de limpieza selectivos para recuperar los tonos de azul lapislázuli y carmín.
En la actualidad, el retablo sigue presidiendo la capilla, protegido por una vitrina semitransparente que permite una contemplación cercana y, al mismo tiempo, garantiza su conservación. Los guías del convento explican cómo los pliegues de los vestidos, trabajados con pinceles finos y velos, ejemplifican el giro estilístico hacia la delicadeza cortesana, mientras que el dinamismo de San Jorge, lanzado sobre el caballo, mantiene la tensión narrativa del gótico anterior. Cada primavera, coincidiendo con Sant Jordi, el retablo es el protagonista de una visita temática que combina arte y leyenda.
Contemplarlo, en la penumbra del templo, es reencontrarse con la faceta más exquisita del patrimonio de Vilafranquí: una pieza de un autor muy conocido, fechada y conservada in situ, inusual en muchos retablos medievales del país. Se trata, por tanto, de visita obligada para estudiosos y curiosos que quieran poner cara y color al pasado pictórico del Penedès.