
Cuando suena la primera campana de Santa María, los carros ya están invadiendo las calles del centro histórico: es sábado y es hora de mercado. De herencia medieval, el mercado de los sábados reúne a más de 200 puestos repartidos por la Parellada, la Constitución y la Rambla. La fruta local, los quesos artesanos, la ropa, los zapatos, las aceitunas y los utensilios de todo tipo conviven en un escaparate que combina tradición y dinamismo comercial.
El mercado mantiene vivo el modelo mediterráneo de compras al aire libre y es un punto de encuentro regional: la gente de los pueblos vecinos viene a buscar sus suministros y, por cierto, desayuna con tortillas y salchichas en los bares del casco antiguo. El paseo entre paradas permite contemplar fachadas modernistas y visitar tiendas centenarias, para que el mercado y la ciudad se retroalimenten.
A pesar de la irrupción de las grandes superficies, el mercado de los sábados resiste gracias al producto de proximidad y al trato directo. Es un ritual semanal que recuerda los orígenes comerciales de Vilafranca y que da vida a su compacto urbanismo.