
Hablar de Vilafranca del Penedès es hablar, inevitablemente, de vino y mesa. En el corazón de una región donde los viñedos se extienden hasta donde alcanza la vista, la capital del Penedès ha convertido la gastronomía en una tarjeta de identidad que combina productos autóctonos, recetas tradicionales y un amplio programa de ferias y festivales gastronómicos. El calendario del pueblo late al ritmo de la vendimia, la Fira del Gall, el Vijazz o la Festa del Xató; celebraciones que tenden un puente entre la actividad agrícola y el entorno urbano y siempre sitúan el bocado y la copa en el centro de la fiesta.
En el mercado semanal de los sábados —documentado en la Edad Media y hoy con más de doscientos puestos—, se sigue comprando el Penedès Gall con IGP, verduras de la huerta cercana, quesos madurados en las cuevas de Xerigots y dulces emblemáticos como las catanias o la garlanda de coca. Los mercados municipales de Sant Salvador y La Carn refuerzan este vínculo con los productos locales y la oferta de veinticuatro restaurantes que, desde la cocina de autor hasta la casera, interpretan tanto la tradición marinada con vinos de la DO Penedès como las influencias cosmopolitas que han llegado a lo largo de los siglos.
La elaboración del vino es omnipresente: el municipio concentra bodegas históricas como Bodegues Pinord, Familia Torres o Mascaró, tiendas de vinos y espacios únicos como la Taverna del VINSEUM o Inzolia, y todo tipo de degustaciones y maridajes («El jueves del vino», «El Pati de Covides Winebar», rutas entre viñedos en bicicleta o a pie...). Los visitantes encontrarán en todas partes la copa típica de la zona —fina y ligera para apreciar el aroma de los blancos—, pero también las copas altas para cava e incluso las muy picantes «catavinas» que se sirven durante el Vijazz.
Los platos siguen un patrón mediterráneo, con un gran énfasis en el aceite de oliva, las verduras de invierno y el bacalao al xató o los frutos secos y los champiñones que acompañan al pollo asado navideño. Los desayunos de mesa (salchichas revueltas, arenques, callos o cordero a la parrilla) se guardan en los antiguos bares del centro de la ciudad, mientras que la exclusiva restauración experimenta con pepinillos en escabeche de gallo, canelones de ave y mosto a precios reducidos.
Por último, la cultura gastronómica también se expresa en el aspecto educativo y museístico: el VINSEUM narra la historia milenaria del vino en el país, y la Casa de la Festa Major exhibe elementos de bestiario que, cada mes de agosto, bailan por las calles con uvas como símbolo de prosperidad. Ya sea que visite Vilafranca en invierno para disfrutar del chatón, en verano para maridar jazz y cava, o para ver madurar las uvas en otoño, el viajero encontrará una cocina sencilla pero orgullosa de su origen y abierta al mundo.