Entre las venerables piedras de la calle de Sant Pere, el claustro del convento de Sant Francesc es probablemente el rincón más tranquilo de todo el casco antiguo de Vilafranquí. Fundado por la orden franciscana en el siglo XIII, el complejo original incluía una iglesia, dormitorios y dependencias comunitarias, pero el terremoto de acontecimientos históricos (guerras, expropiaciones y usos sanitarios) nos ha dejado un legado reformulado. Hoy se conserva la iglesia gótica de 1349 y, sobre todo, el claustro renacentista que sustituyó al ala primitiva a finales del siglo XVI.
La planta cuadrada se articula en torno a un patio ajardinado; cuatro alas cubiertas con ligeras bóvedas de crisol descansan sobre columnas toscanas y capiteles sencillos, un lenguaje austero que remite directamente a los ideales mendicantes. En las paredes, los arcos y las losas funerarias recuerdan que el espacio se convirtió en un panteón de la nobleza local. Se pueden identificar sarcófagos del linaje de Penyafort, Cervelló o Bartolomé, algunos de ellos con escudos policromados e inscripciones góticas que aún se pueden leer. Esta función funeraria explica la inesperada riqueza artística de un claustro franciscano: paneles heráldicos, las primeras losas que datan del siglo XIV y una colección de premios que hoy forman un auténtico museo lapidario al aire libre.
La arquitectura gótica catalana de la iglesia anexa, también accesible en visitas restringidas, se manifiesta en una nave única de seis tramos, arcos apuntados y un ábside poligonal que conserva parte de la policromía original. En la capilla lateral más meridional, se venera el famoso Retablo de la Virgen y San Jorge, atribuido a Lluís Borrassà (c. 1400), una joya del gótico internacional que confiere al conjunto un valor añadido aún más apreciado por los estudiosos.
Tras la expropiación de Mendizábal (1835), el convento se convirtió en hospital militar y, más tarde, en hospital regional. Sin embargo, el claustro era respetado e incluso servía de corredor de acceso a las salas de enfermería; de esa época aún hay grafitis de soldados y pequeñas marcas en la piedra. La recuperación patrimonial definitiva se produjo a mediados del siglo XX, cuando el edificio fue declarado Bien Cultural de Interés Local y el claustro pasó a ser un espacio museístico.
En la actualidad, el Ayuntamiento organiza visitas guiadas en las que destacan la calidad de las llaves de la bóveda, los restos de pintura mural, la colección lapidaria y la peculiar acústica que reina bajo las bóvedas. En verano, un concierto de música antigua vuelve a llenar de resonancias este antiguo lugar de meditación. El claustro de Sant Francesc es, por tanto, mucho más que un jardín de piedra: es un resumen en miniatura de siete siglos de historia de Vilafranca, un refugio de sombra fresca donde la memoria medieval convive con la piedad renacentista y el ritmo cultural contemporáneo.