
Vilafranca se estructura en ocho barrios que se despliegan como los pétalos de un ramo alrededor del centro histórico. En el corazón de la ciudad amurallada encontramos calles medievales —Parellada, Ferrers— y plazas emblemáticas como la Villa, la Constitución o Sant Joan; edificios únicos como el Palau Reial, la Casa de la Vila, Cal Bolet o el Casino de 1876 conviven con centros comerciales llenos de vida.
Hacia el noroeste se extiende la Espiral, atravesada por la Avenida de la Pelegrina. Es un barrio de densidad media que alberga el Hospital Regional, la comisaría de los Mossos, el Parque de los Bombers y el CAP Nord, además del espacio juvenil de la NAU. El Espirall late especialmente durante las fiestas de verano, cuando las entidades organizan sus propios desfiles y correfocs.
Junto a la línea ferroviaria, Barceloneta-Sant Magí concentra la actividad de la estación y la logística; las calles Igualada, Barcelona y Santa Clara conectan con la plaza de la estación y con una serie de pasajes íntimos que conservan la memoria de la expansión industrial del siglo XX.
La Girada, en el lado sur de la carretera, es el barrio más joven: bloques de casas mullidas, un paseo arbolado que conduce al gran parque de césped artificial 1 d'Octubre y la estación de autobuses conforman un espacio moderno que continúa con el barrio vecino de Molí d'en Rovira, históricamente industrial pero con el pintoresco Carrer del Comerç, calificado de Es considerado una de las líneas de fachada más bonitas de Cataluña.
El Poble Nou, nacido en la década de 1960, es hoy el barrio más poblado. El parque Tívoli, la larga avenida Amàlia Soler y una red de instalaciones educativas y deportivas le dan personalidad. Más al sureste, Sant Julià, el segundo en población, combina las áreas deportivas, el parque homónimo y el Pla del Diable con la Rambla de Catalunya, el eje cívico del sector.
Les Clotes, al oeste, destaca por la biblioteca Torres i Bages, el antiguo matadero convertido en espacio cultural y plazas como La Verema o el Gas. Por último, el conjunto de barrios se completa con el pequeño tejido residencial del Molí d'en Rovira a ambos lados del arroyo.
Fuera de la ciudad, cuatro barrios salpican la zona: Cal Salines, la carretera a Santa Margarida i els Monjos, que tiene su origen en un antiguo molino de sal; el Bordellet, al noreste, llamado así por el recuerdo de una frontera medieval; el disperso Molí d'en Rovira, centrado en el antiguo molino y un monasterio dedicado a la Mare de Déu del Pilar; y Pere Pau, junto a Sant Pere Molanta. Cada una mantiene el ritmo rural y recuerda la fisonomía campesina que, a pesar de la modernidad, sigue definiendo el alma del Penedès.