
La montaña de Sant Pau, un balcón natural de la llanura, está llena de vilafranquinos que suben a pie o en familia para celebrar el Aplec frente a la ermita troglodita excavada en la roca. El día comienza con el repique de campanas y la misa, y continúa con bailes folclóricos, vermut colectivo y la posibilidad de visitar la enigmática cueva, el único día del año en el que está abierta al público.
Administradores y voluntarios mantienen vivo este encuentro que combina espiritualidad, naturaleza y cultura popular, recordando la devoción al santo y la costumbre de subir a la ermita para pedir que llueva en tiempos de sequía.
El Aplec también es una oportunidad para degustar un pastel de panadería con chocolate y disfrutar de una de las mejores vistas del mar de los viñedos del Penedés, que marca la frontera entre el invierno y la futura floración del almendro.