
En las inmediaciones del casco antiguo, el arroyo de Lavernó comienza un meandro que ha ido rozando la orilla hasta crear una pendiente de 15 a 20 m conocida como «la Timba». Bajo este acantilado natural, el agua serpentea y dibuja una franja verde de unos 12.000 m² convertida en refugio de biodiversidad y mirador privilegiado del pueblo.
La erosión, que durante siglos había frenado la expansión urbana, requirió una acción integral en 2012. Con un presupuesto de 750.000 euros, el Ayuntamiento y la Agencia Catalana del Agua levantaron muros de gaviones y muros verdes, remediaron los vertederos y proporcionaron drenaje al terreno para estabilizar las pendientes.
El resultado es un mosaico de hábitats: en el fondeadero, un bosque ribereño con vernas, fresnos y pequeñas omedes; en las llanuras, cultivos semiabandonados donde se han plantado especies melíferas para atraer a las mariposas; en las laderas, matorrales mediterráneos que ofrecen cobertura a los reptiles. El espacio también es un nido para rapaces como el gorrión y el gamarús, y un corredor para mamíferos como el ratonero o la fagina.
Hoy en día, aquí se desarrollan proyectos de educación ambiental: un huerto escolar, cajas nido y rutas de alerta de aves. El acceso es gratuito y la caminata, corta pero intensa, nos permite comprender la importancia de los conectores ecológicos urbanos.
La Timba sigue recordando a los sadurninos que la geología manda: donde el agua da, también recibe. Gracias al esfuerzo colectivo, esa brecha que antes daba miedo se ha convertido en un balcón verde que humaniza el horizonte de la capital del cava.