A la entrada de las Cavas Raventós i Blanc, junto al arroyo de Lavernó, se encontraba hasta hace unos años un imponente ejemplar de Quercus × cerrioides conocido popularmente como el Roble de Can Codorniu. Con una altura de 17 metros, una cabecera que superaba los 28,5 metros y una bóveda de cañón de 5,22 metros, era considerado el roble más emblemático de Cataluña. El 9 de junio de 1987 fue uno de los primeros árboles protegidos por el Decreto 214/1987, que declaró árboles monumentales, compartiendo honor con el Pino de las Tres Ramas.
El roble nació, según los expertos, hace entre 350 y 550 años. A lo largo de los siglos, fue testigo de la transformación de la finca de Can Codorniu, cuna de la familia Raventós, y de la conversión del Penedès en la capital mundial del cava. Documentos antiguos la mencionan como un hito y un punto de encuentro para los trabajadores del viñedo. En 2009, afectada por hongos y debilidades estructurales, una fuerte tormenta la derribó. El tronco, sin embargo, permaneció pegado a las raíces y aún brotaron algunos manantiales, el acicate de una lucha que movilizó a los cavas y a la Generalitat para salvarlo.
Finalmente, en 2016 el árbol murió. Lejos de ser removido, se decidió conservar su tronco y algunas ramas principales como una escultura viviente de la memoria colectiva. Hoy, en la Plaça del Roure, la silueta esqueletizada dialoga con los viñedos y recuerda a los visitantes la vulnerabilidad del paisaje y la importancia de preservarlo. El espacio sigue siendo un punto de encuentro simbólico donde se realizan catas, presentaciones y eventos institucionales relacionados con el cava. El roble de Can Codorniu, registrado con el código AM 03.240.01 en el Inventario de árboles monumentales de Cataluña, sigue siendo un símbolo de identidad para los sadurninos, una postal inevitable en el corazón del Penedés.