
La Anoia, que comienza en la meseta de Calaf por la confluencia de pequeños arroyos, desciende 68 km hasta encontrarse con el Llobregat en Martorell. A su paso por Sant Sadurní, recorre 4 km —entre las alturas de 128 y 107 m— y recibe a dos compañeros ilustres: los Riudebitlles, junto a la Colònia Pons, y el arroyo de Lavernó, ya en las proximidades de los viñedos de Subirats.
El tramo sadurninense forma parte de la depresión prelitoral del Penedès. Aquí el río serpentea entre márgenes de grava y tiza que los agricultores han aprendido a «leer»: según Xavier Barberà, el color de la inundación reveló el origen de la tormenta. Así, las aguas rojizas dejaron ver el valle de Miralles, las aguas grises el Coll dels Brucs y las aguas amarillentas la Segarra.
El siglo XIX fue especialmente duro. Las crónicas cuentan las inundaciones de 1803, 1818, 1826, 1829, 1831, 1842 (triple), 1846, 1850, 1853, 1855, 1856, 1863, 1866, 1874, 1887, 1890 y 1898. Entre las más recordadas se encuentran el Aiguat de Sant Bartomeu (1842) y la inundación de Sant Antoni (1890), que inundó bodegas y campos.
Hoy en día, la Anoia presenta un estado ecológico heterogéneo. En los tramos de Can Codorniu y Can Catassús, sobrevive un bosque de ribera bien estructurado, mientras que otros sectores están colonizados por la caña americana. La Agencia Catalana del Agua es la propietaria y promueve proyectos de restauración de ríos y control de especies invasoras.
Pasear por su cauce es descubrir un universo de aves acuáticas, juncos y drogadictos que conviven con la actividad vinícola. El río, que antes movía molinos y regaba huertos, se reivindica hoy como eje verde y corredor biológico de primer orden para la llanura del Penedès.