Entre viñedos y márgenes de piedra seca, el pequeño puente que cruza el torrente de Cal Batlle Vell continúa en servicio como paso para tractores y peatones hasta las fincas. A pesar de su modesta escala, es un interesante testimonio de la obra civil del Penedés de los siglos XIX y XX. Dos robustos estribos, hechos con mampostería popular y mortero de cal, sostienen una bóveda de un solo cañón revestida de vidrio enmarcada con azulejos hechos a mano. En los laterales se pueden ver contrafuertes adosados en ángulo recto que refuerzan el tablero cuando el torrente cae a raudales.
Las intervenciones de mantenimiento más recientes, identificables por el uso de cemento Portland y ladrillo industrial, permiten distinguir los distintos momentos de la obra, desde la fábrica original hasta las recreaciones de la tabla realizadas a finales del siglo XX para aumentar la amplitud. A pesar de algunos remolinos y de la vegetación que cubre parcialmente las paredes, la estructura mantiene su funcionalidad y transmite la imagen de un puente rústico integrado en el paisaje agrícola.
Su importancia patrimonial radica en la sencillez de su construcción: piedras del entorno colocadas «a pobl» y ladrillos cocidos en hornos locales. Sin placas conmemorativas ni elementos escultóricos, el puente cuenta, por sí solo, la historia de un territorio que, antes de la mecanización, necesitaba pequeños eslabones para llevar la cosecha a las tazas y a los vecinos al cementerio cercano. Hoy en día, senderistas y ciclistas lo cruzan casi sin darse cuenta, pero su ojo de media punta sigue reflejando el agua en los días de lluvia y recuerda la sabiduría de los artesanos populares.