En la lista de lugares de interés de la Wikipedia sobre Sant Sadurní d'Anoia hay una referencia lacónica, pero bastante elocuente, al «Puente de Sant Sadurní». Aunque las fuentes consultadas no proporcionan datos técnicos o cronológicos precisos, la mención permite intuir la existencia de una pasarela histórica que salva la Anoia —o uno de sus arroyos afluentes— y que, a lo largo de los siglos, ha articulado los accesos naturales al centro urbano.
Los puentes siempre han sido piezas clave del paisaje del Penedés: las carreteras que unían Barcelona y Tarragona cruzaban una sucesión de torrentes y arroyos que obligaban a construir estructuras sólidas. En la zona, el tipo más común es el de un arco de medio punto formado por canteras de piedra, a menudo reforzado con contrafuertes o cortadores que reducen el empuje del agua en tiempos de inundación. No hay indicaciones concretas del sistema constructivo del puente de Sant Sadurní, pero la experiencia comparada con otros puentes cercanos, como el Batlle Vell o el Pont Vell de Subirats, sugiere un dispositivo de mampostería tradicional, posiblemente retocado o ensanchado durante el siglo XIX como resultado de las mejoras en la calzada real.
El interés patrimonial de este puente radica más en su función social que en su espectacularidad formal: actúa como una bisagra cotidiana entre el tejido urbano y los viñedos que rodean la ciudad. Durante la vendimia, el puente ha visto pasar innumerables carretas llenas de uvas y, en los últimos tiempos, tractores y bicicletas de la ruta enoturística. Aunque hoy en día hay nuevos viaductos de construcción moderna, el viejo puente conserva el carácter simbólico de una puerta de entrada, un punto en el que muchos visitantes captan, por primera vez, el aliento de levadura y mosto que flota sobre el río.
A pesar de la falta de una catalogación exhaustiva, los vecinos y las entidades de conservación han mostrado interés en documentarla mejor: se propone un archivo propio en el Mapa del Patrimonio Cultural y se quiere incorporar una señalización interpretativa. Mientras tanto, la recomendación es seguirlo a pie, contemplar las hileras de viñas que se extienden más allá y, si la luz es benévola, detenerse en medio del arco para escuchar el discreto murmullo de la Anoia, un recuerdo vivo de la comunión entre el paisaje fluvial y la cultura del vino que define a Sant Sadurní d'Anoia.