
El pan de Anoia es heredero directo de los antiguos hornos de leña que salpicaban la región antes de la llegada de los grandes talleres industriales. Lo que lo diferencia es, sobre todo, la miga esponjosa, con un engrasado irregular y una corteza gruesa que cruje con la más suave presión de los dedos. Esta corteza dorada se obtiene trabajando masas hidratadas con largas fermentaciones y cocidas sobre planchas refractarias, un método que permite sellar la humedad interior y prolongar su conservación.
Además de ser el pan diario de muchos hogares, se ha consolidado como un acompañamiento imprescindible para los desayunos y cenas de tapas con cava. Su sabor ligeramente tostado combina a la perfección con el aceite de oliva virgen extra y las salchichas locales. Tanto los establecimientos tradicionales como las panaderías con un nuevo concepto de panadería artesanal reivindican la receta y, a menudo, la forman en barras alargadas o en grandes trozos redondos destinados a la venta al peso.
Muchas panaderías ofrecen visitas a primera hora de la mañana para que los viajeros conozcan el proceso de amasado, incluidos los aromas, y puedan tomar el pan aún caliente. Esta conexión con el oficio de panadero, junto con la huella que se obtiene al jugar con harinas locales y misas madre propias, hacen del pan de la Anoia otro símbolo de la identidad gastronómica de los sadurninos.