
Al salir del barrio de Vilarnau, el camino que sigue el torrente de Can Ferrer del Mas descubre, detrás de una suave curva de lentejas y pinos blancos, el llamado lago de Can Codorniu —o lago de Raventós i Blanch—, un pequeño depósito de unos 18.700 m² construido en 1906 para abastecer de agua a las bodegas vecinas. El dique, ejecutado con suelos arcillosos, se mimetizó con el paisaje hasta el punto de que hoy, más de un siglo después, las obras hidráulicas casi se confunden con el relieve natural del Penedès.
Aunque ha dejado de prestar servicio industrial, la laguna se ha convertido en un verdadero oasis de biodiversidad en el municipio. El nivel permanente del agua ha permitido la formación de hábitats muy variados: extensos cañaverales, pinares de pino blanco con arces mediterráneos, bardis de roldor y matorral y una franja de bosque de ribera a lo largo del arroyo, donde prosperan robles, robles, álamos y sauces blancos. Este mosaico vegetal da cobijo a un buen número de especies protegidas incluidas en el anexo de la Ley 22/2003.
Entre los anfibios figuran la salamandra, la rana verde y el martín pescador, mientras que las aguas albergan carpas comunes —tanto de la variedad típica como de la specularis— y del pez gambusia, invasor pero resistente. El cielo y las orillas del lago son el escenario diario de chivitones, mallerengues de cuallargues, perdices rojas, piquitos cruzados, martines pescadores, pit-roigs y coristas comunes, lo que convierte al espacio en un lugar de gran interés ornitológico, especialmente a primera hora de la mañana.
Varios informes preparados por GEDEN (2007-2009) a petición del Ayuntamiento han inventariado la flora y la fauna y han propuesto medidas de gestión para corregir los problemas detectados: descargas de escombros y residuos inertes, suministros de agua de baja calidad, proliferación de especies exóticas y hacinamiento humano. A pesar de estos impactos, el lago de Codorníu sigue siendo un puente biotópico de primer orden, ya que conecta pequeños humedales dispersos por la llanura del Penedés.
La ruta hacia la lámina de agua es plana y de fácil acceso, una circunstancia que la convierte en una salida ideal tanto para familias con canallas como para naturalistas. Sin embargo, hay que recordar que la propiedad es privada (Raventós i Blanc) y que hay que respetar tanto la señalización como el silencio que exige la fauna.
En las tardes de primavera, cuando la luz dorada atraviesa las viñas e ilumina las cañas, el visitante aún puede percibir el eco de aquellos primeros trabajadores del cava que, hace más de cien años, domesticaron el agua para dar vida a las burbujas que hoy identifican a Sant Sadurní en todo el mundo. El lago, testigo silencioso de ese esfuerzo, nos recuerda cómo la naturaleza puede seguir con elegancia las huellas de la industria humana.