
Entre los huertos que antaño abastecían al pueblo, muy cerca de las cavas Blancher, brota la fuente de Can Santet. Fechada según la inscripción en 1853, es una construcción sencilla pero que revela el deseo de dominar las aguas subterráneas para abastecer a la agricultura de autoconsumo.
Hoy en día, la emergencia está canalizada: el agua emerge a través de un tubo metálico unido a un robusto muro de hormigón, heredado de reparaciones recientes. La boquilla cae verticalmente dentro de un fregadero circular revestido con una rejilla, lo que garantiza que no se obstruya con cuchillas y brinda seguridad. Como ocurre en otras fuentes urbanas de la zona, el líquido no es apto para beber.
A pesar de la proximidad al núcleo, la esquina mantiene un aire recogido. La sombra de los viejos árboles frutales y la presencia de hierbas aromáticas recuerdan el antiguo uso hortícola del sector. Algunos vecinos se detienen para refrescarse o limpiar pequeñas cosechas, convirtiendo la fuente en un punto de encuentro informal.
El sitio no cuenta con protección patrimonial ni mobiliario turístico. Su conservación recae en la propiedad privada, lo que permite, sin embargo, el acceso gratuito. El Ayuntamiento lo ha inventariado como área de interés natural y lo está monitoreando.
La datación de 1853 atestigua una época en la que, antes de la llegada de la red municipal de agua, cada granja y cada huerto se utilizaban para capturar y almacenar los recursos hídricos. Visitar Can Santet es comprender cómo la cultura del agua moldeó la fisonomía sadurninense hasta bien entrado el siglo XX.