
La masía de Cal Mota, rodeada de viejos viñedos y campos de cereal, disfruta de su propia fuente junto al borde de la carretera de acceso. La desembocadura nace al amparo de una ladera arcillosa y fluye a través de un sencillo caño que desemboca en una pequeña cuenca hidrográfica natural. Según la colección de Manel Córdova (1999), el caudal es perenne, lo que ha permitido, unos metros más abajo, construir dos estanques rectangulares (4 × 2 m aproximadamente) que todavía se utilizan hoy en día para el riego de la finca.
El conjunto no está elaborado con piedras: una pared lisa de hormigón protege el tubo y evita que los escombros derrumben la cuenca. Sin embargo, el agua no es apta para el consumo humano, como lo demuestran los carteles metálicos colocados por el propietario.
Biológicamente, el punto ha favorecido la presencia de un pequeño cañaveral y madrigueras que comparten el espacio con la hiedra y la hierba blanda. Durante los meses secos, la vida silvestre, especialmente los mirlos y los lagartos, encuentra refugio allí.
A pesar de ser un terreno privado, la fuente es de libre acceso y, a menudo, los vecinos aprovechan la sombra para hacer una parada allí cuando caminan. El consistorio la clasifica como área de interés paisajístico sin ninguna figura de protección ni proyecto de musealización a corto plazo.
Cal Mota y su fuente recuerdan la importancia de las pequeñas oleadas en la economía tradicional: antes de la mecanización del riego, cada gota se utilizaba para huertos y ganado. Hoy en día, aunque los estanques solo se rellenan de forma testimonial, el lugar mantiene su encanto rural y nos habla de la gestión histórica del agua en las masías del Penedesco.