
Pocas noches en Cataluña son tan teatrales como la del 8 de septiembre en Sant Sadurní d'Anoia. Desde 1983, la ciudad ha estado reviviendo, calle por calle, la lucha que sus antepasados libraron contra la plaga de la filoxera que devastó los viñedos en 1887 y puso en jaque el futuro económico del Penedès. La historia se convierte en un espectáculo de fuego, luz, música y pirotecnia que moviliza a más de 400 extras voluntarios, agrupados en grupos de granjeros, señores, enanos, gigantes, diablos y el mítico insecto gigante articulado, símbolo de la fiesta.
La actuación se estructura en tres actos. Comienza con la danza de los granjeros, una danza lenta que muestra la vida cotidiana antes de la tragedia. Luego, la erupción de la filoxera invade la plaza en medio de una lluvia de chispas —es la frenética y angustiosa danza de los campesinos— hasta que, tras un intenso tiroteo, llega la bola del triunfo final: el pueblo vence la peste gracias al injerto de viñas americanas y celebra el impulso que la originará en la industria del cava.
El bestiario menor añade matices dramáticos y humorísticos: los doce enanitos del baile de los granjeros (2001) y los siete gigantes o sabios de Grecia (1993-1999) evocan los diferentes estratos sociales involucrados en la búsqueda de soluciones. El vestuario —diseñado por Cristina Güell— y las figuras de cartón pétreo —obra de Montse Mateu— recrean cuidadosamente los rostros de viticultores y prohomos como Manuel Raventós o los hermanos Mir.
Musicalmente, la fiesta ha ido incorporando composiciones originales para gralla y timbal; los compases marcan la entrada de cada escena y ayudan al público a seguir el hilo narrativo. Las calles se convierten en un escenario total: balcones adornados, sombreros de cristal relucientes, vinos noveles que van de mano en mano y un denso aroma a pólvora que impregna la ropa.
La Fiesta de la Filoxera está declarada Fiesta Patrimonial y Elemento de Interés Nacional y se ha convertido en un activo turístico de primer orden. Su valor pedagógico se refleja en el Centro del Cava, donde se exhiben disfraces y obras audiovisuales, así como en el programa escolar para introducir el patrimonio inmaterial. Año tras año, la pasión de los sadurnianos mantiene vivo el recuerdo de un episodio que, lejos de derrumbarlos, los hizo más resilientes y creativos.