En el antiguo taller de la fábrica Simón Coll, en la calle Sant Pere, se abre un recorrido museográfico conocido como «Espai Xocolata» desde 2012. El corazón de este espacio es la Colección de Maquinaria para el Chocolate, un conjunto de nueve máquinas grandes y varios recipientes originales que permiten seguir paso a paso el proceso tradicional del cacao: desde el tostado y la muda hasta el refinado y la formación de las tabletas. Las piezas —tostadoras cilíndricas, refinadores de granito, lavabos de agua o tanques de templado— datan principalmente del primer tercio del siglo XX y aún conservan la pátina del trabajo manual que impregnaba el taller familiar.
El discurso expositivo se desarrolla en dos niveles. La primera sección evoca el origen americano del cacao y muestra los primeros utensilios utilizados en Europa; la segunda se centra en la evolución técnica que experimentó la casa Simón Coll desde que el empresario sadurniniano del mundo del vino decidió, en la década de 1840, diversificar el negocio con el chocolate artesanal. Gracias a un espectáculo audiovisual inmersivo, el visitante puede ver las máquinas en acción, escuchar su rugido metálico y comprender cómo el mecanismo de válvulas y rodillos reemplazó la fuerza del brazo.
La intervención museológica ha respetado la arquitectura industrial original (paredes de ladrillo visto, vigas metálicas y pavimento hidráulico) y ha incorporado una iluminación puntual que dramatiza los engranajes y los silos. Destacan las vasijas de cobre y madera para el tostado manual del grano, la refinadora con rodillos de basalto y la máquina de templado continuo, consideradas piezas únicas en el Penedès.
Históricamente, la colección es testigo de la transición del proceso artesanal al semiindustrial: del primer taller documentado alrededor de 1850 a la modernización de la década de 1970, cuando la empresa se expandió internacionalmente. Cada máquina va acompañada de paneles en los que se explican las innovaciones que supuso y de fotografías de época que muestran a generaciones de la familia Coll trabajando en ella.
En la actualidad, el Espai Xocolata recibe más de 40 000 visitantes al año, la mayoría en visitas guiadas que combinan degustación y narración histórica. La colección se convierte así no solo en un escaparate patrimonial, sino también en un polo de educación gastronómica y un orgullo local: los sadurninos la reivindican como un símbolo de su capacidad para innovar sin renunciar al oficio.
Entre las anécdotas contadas durante la visita, la historia de la vieja tostadora, que sobrevivió a la Guerra Civil gracias a estar escondida bajo sacos de granos, o la de la refinería que aún conserva restos de cacao petrificado de los años cincuenta. El complejo, en perfecto estado y totalmente funcional, constituye hoy uno de los pocos testimonios completos de la tecnología tradicional del chocolate en Cataluña.