Construida en 1926, la Casa Salvador Gibert ejemplifica el giro novecentista que, a finales de la década de 1920, abogó por la serenidad y el orden clásico tras la exuberancia modernista. Es una casa entre entrepisos de planta baja, planta principal, ático y techo, resuelta con tres ejes perfectamente marcados.
La planta baja exhibe un portal central y dos ventanas simétricas, todas con arco rebajado y rodeadas de molduras en relieve que proporcionan sombra y profundidad. Los pilares acanalados de imitación y los paneles florales enmarcan la vajilla y generan un borde que confiere elegancia.
En la planta principal, un balcón elástico con lossana irregular y balaustrada clásica se extiende bajo tres ventanas con frontones decorativos. En el ático, cuatro ventanas de arco de medio punto —dos centradas y una en cada extremo— ganan protagonismo gracias a la línea decorativa bajo los alféizares y a la cornisa que, como un friso, repite el motivo.
La parte superior se resolverá con balaustrada y pilares rematados con bolas de cerámica, icono del novecentismo. El yeso, ahora algo deteriorado, aún conserva su esplendor original a pesar de la degradación ocasional del estuco y de algunos relieves.
Protegida como Bien de Interés Urbano (POUM 2010, expediente 71) e inventariada con el código IPAC 2874, la casa es de uso residencial privado. El arquitecto no está documentado en las fuentes, pero su autoría podría corresponder a un profesional aficionado a las formas clásicas.
La Casa Salvador Gibert revela cómo, incluso en una calle secundaria, los propietarios querían proyectar una imagen de orden y refinamiento. Los vecinos siguen contando que, durante la posguerra, la balaustrada era un punto de encuentro para ver pasar las procesiones y escuchar las campanas de la parroquia, sonidos que aún hoy llegan, apagados, entre los pilares blancos y las bolas ornamentales.