En medio de robles y vigas, al norte del municipio, encontramos Can Llopart de les Alzines, un complejo peculiar porque reúne dos casas de cronología y lenguaje arquitectónico muy diferentes, pero unidas por elegantes arcos rebajados de ladrillo tendidos en plano. El edificio más antiguo, documentado ya en 1499, responde al modelo de granja medieval evolucionado: planta rectangular, planta baja y primer piso, cubierto con un techo a dos aguas con un carenado desplazado y una fachada bastante irregular. La portada con arco de medio punto, las piedras bien talladas en las esquinas y las ventanas rebajadas con ladrillos de sardinela evocan siglos de trabajo agrícola.
Los detalles únicos enriquecen esta ala: dos relojes de sol —uno, parcialmente adornado con una antigua reducción en el techo; el otro, fechado en 1828— y misteriosas tejas cerámicas con celosías rojas que la tradición oral vincula con los rituales de protección de la granja. La otra casa, construida en 1864, tiene una planta casi cuadrada, fachada simétrica con zócalo cerámico, portal rebajado flanqueado por dos ventanas y tres elegantes balcones en el primer piso con barandillas de hierro forjado. La fecha está inscrita en la reja de una ventana lateral, un recordatorio del orgullo familiar.
Las dependencias están conectadas por pórticos abiertos a la época y antiguos corrales, modelando un espacio exterior donde aún se pueden ver marcas de carretas y prensas. La masía se sometió a obras en 1773 (se ha documentado un pinar y se ha rebajado un apartamento en ruinas) y ha sido objeto de sucesivas restauraciones privadas que han mantenido, sin embargo, la fisonomía tradicional. La doble tipología —gótico popular y romanticismo rural— convierte a Can Llopart en un pequeño manual de arquitectura vernácula del Penedés.
A pesar de su valor, no cuenta con una protección patrimonial específica (IPAC 33126) ni es visitable, ya que sigue siendo una residencia familiar. La contemplación desde los senderos del Alzinar, con el reloj acercándose a la puesta de sol, ofrece al caminante una imagen inmóvil de cinco siglos de historia campesina, donde la piedra, la cerámica y la forja representan el orgullo de un linaje vinculado a la tierra y al vino.