A la sombra de la estación de tren, las cuevas de Freixenet muestran, desde 1927, un conjunto de edificios firmados por el arquitecto Josep Ros i Ros que combinan el lenguaje novecentista con pinceladas modernistas. El cuerpo central de recepción, erigido durante la ampliación de 1929, sorprende con el friso ondulado de cerámica vidriada con motivos de pompones y uvas que enmarcan el nombre de la empresa, flanqueado por dos torres de reminiscencia medieval que funcionan como puertas simbólicas del «templo del cava».
Los cinco edificios de producción, dispuestos perpendicularmente a la línea de la vía, tienen una estructura de pilares de hormigón y techos de cornisa metálica, un ejemplo temprano de la técnica estadounidense que Ros incorporó al Penedés. En el interior, las grandes ventanas parabólicas garantizan la ventilación y el juego de luces que aún hoy asombra a los visitantes.
Fundada en 1889 por la unión de dos familias productoras, Freixenet se convirtió en pionera en la difusión internacional del cava gracias a sus campañas publicitarias y a productos como Carta Nevada o Cordón Negro. Las galerías subterráneas, excavadas a más de 12 metros, mantienen la temperatura y la humedad ideales para el método tradicional.
La empresa ofrece recorridos experienciales con audiovisuales inmersivos, degustaciones especializadas y una tienda gourmet. Además, participa en la red Wine in Moderation y cuenta con rutas adaptadas a personas con movilidad reducida, un ejemplo de cómo el patrimonio industrial de Sadurnines sabe cómo reinventarse sin perder su esencia.