En el extremo occidental de la Rambla de la Generalitat, las cuevas de Castellblanch constituyen uno de los complejos industriales vinícolas más representativos del auge del siglo XX. La bodega, iniciada en 1908 —fecha inscrita en una de las vidrieras emplomadas—, combina tres naves desiguales cubiertas por dos aguas. Pilastras y contrafuertes de piedra jalonan las fachadas laterales, mientras que la principal muestra enormes arcos de medio punto que iluminan la nave y evocan el lenguaje modernista de las catedrales-bodegas que proliferaron en la región.
El bloque de oficinas, abierto al paseo marítimo, muestra el lado más racionalista de la empresa: dos naves paralelas de hormigón y ladrillo, con un porche con columnas que sostiene la planta y una elaborada franja de módulos moldeados que se extiende horizontalmente, lo que le da un aire dinámico y elegante. Un jardín perimetral mitiga el impacto industrial y ofrece un agradable espacio verde.
La historia de la firma comienza con Jeroni Parera i Figueras (1887-1953), quien en la década de 1920 lanzó el espumoso Jerónimus. Durante los años cincuenta y sesenta, bajo la dirección de Antoni Parera i Rosell, la empresa implantó el método Granvàs, creó su propia red de distribución e invirtió en publicidad televisiva. Este compromiso sitúa a Castellblanch como la tercera marca catalana, por detrás de Codorníu y Freixenet, con más de sesenta empleados.
Innovadora, la empresa introduce la microfiltración del vino prefabricado, selecciona las levaduras y mecaniza la extracción, lo que aumenta considerablemente la producción. En 1974, sumida en las tensiones por el sistema Granvàs, se unió al grupo Rumasa y, desde 1984, forma parte del grupo Freixenet.
Aún activa y bien conservada (IPAC 38298), la propiedad privada mantiene el uso productivo del sitio, aunque las visitas se han reducido y se concentran en días específicos. El conjunto ilustra la arquitectura industrial del cava y el papel clave del Penedès en la internacionalización de sus vinos espumosos.